Gelarik gabeko ikasketak?

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La prueba piloto, en la que participaron 46 alumnos de seis colegios durante el curso 2005-2006, dio «muy buenos resultados», por lo que el Departamento de Educación decidió extender el modelo telemático al resto de interesados de la red educativa, tanto pública, como concertada. Porque con este sistema no hay diferencias dentro de la comunidad escolar, asegura Juan José Agirrezabala, director de Innovación Educativa: «Lo mismo lo pueden ofertar los centros pequeños que los grandes. Es una forma de igualar la oferta educativa».
De momento son 754 alumnos (322 en Gipuzkoa, 309 en Vizcaya y los 123 restantes en Álava) los que cursan las materias on line: taller de matemáticas (en euskera y castellano) y taller de cuentos digital (en inglés, euskera y castellano). Las asignaturas se ofrecen en las clases de secundaria como optativas, tienen por primera vez carácter evaluable y cuentan, por lo tanto, para la nota final del expediente. El objetivo es que los chavales se hayan familiarizado con las nuevas tecnologías una vez terminado la secundaria, aunque dejen de estudiar a los 16 años. «Que sean capaces de utilizar las nuevas tecnologías una vez salgan del colegio y seguir así autoformándose», apunta Agirrrezabala.
El método de la teleformación es sencillo. Exige, eso sí, «una apertura de miras» hacia el sistema educativo. Los chavales, al entrar en el aula, se conectan a la web a través de un nombre de usuario y contraseña particulares. En la página están colgados los contenidos y las tareas a desarrollar. La web está insertada en lo que denominan una plataforma de teleformación desde la cual pueden consultar sus dudas con los teleprofesores, un total de 25, que se conectan a la misma hora que los estudiantes. También pueden comunicarse a través de correos electrónicos o en el chat. La clase forma parte del horario lectivo y se imparte, generalmente, dos horas por semana como cualquier otra materia optativa, con la salvedad de que el único profesor que permanece en el aula hace las veces de vigilante. Las dudas académicas las resuelven los teletutores.
Pros y contras
¿Las clases on line acabarán imponiéndose a las presenciales? Agirrezabala reconoce que esa misma pregunta se la hicieron los profesores y responsables de colegios cuando el proyecto aún se estaba gestando. No oculta tampoco que la idea de sustituir los libros por ordenadores causó serias reticencias entre la comunidad escolar, pero a medida que se avanzaba en contenidos, el proyecto cuajó por sí solo. «La formación asistencial no desaparecerá. Se trata sólo de buscar nuevas herramientas que consigan potenciar lo que hasta ahora se echa en falta en el sistema habitual», apunta el director de Innovación Educativa.
La teleformación permite, por ejemplo, una atención más personalizada al alumno, a pesar de la no presencia del profesor, y permite adaptarse a los distintos ritmos de trabajo de cada escolar. «El seguimiento es muy exhaustivo. El teletutor puede observar qué tareas está haciendo el estudiante en cada momento. El sistema no permite fingir que se está prestando atención, como ocurre con el método convencional». El control se extiende también para el profesorado, cuyo trabajo pueden examinar los responsables del sistema. Testar sus conocimientos, comprobar el nivel de atención que presta a sus alumnos, el tiempo de respuesta... Otra de las ventajas es que las clases se extienden más allá de las muros escolares. «Un alumno de Donostia puede ser compañero de clase on line de otro de Arrasate. Se conectan desde lugares diferentes, pero pueden pertenecer al mismo grupo». Las evaluaciones son, además, «menos subjetivas» ya que se ajustan a lo registrado en cada informe. La comunicación, el tú a tú, tampoco se pierde, asegura Agirrezabala. Están los chats y los mails. «¿Quién no se comunica hoy en día a través de esas herramientas?».
Pero el sistema, claro, también tiene sus propias limitaciones. Para empezar, los colegios interesados deben contar con las infraestructuras necesarias (ordenadores, conexiones a internet). Se pierde complicidad ante la máquina y la participación deja de ser espontánea. A muchos, incluidos los docentes, se les hace todavía difícil pensar en una clase de química impartida a través de internet, aunque los responsables del programa insisten en que «todo está por ver».

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